Excelencia técnica, responsabilidad social y ética profesional, tres valores fundamentales en la ingeniería: Colegio de Ingenieros Civiles de México
Cuestionando qué tipo de personas, qué tipo de gremio, qué tipo de profesionistas, nos convertimos con base a nuestras decisiones y acciones, Eduardo Garza Cuéllar, consultor, escritor, filósofo y editor; fundador y director de Síntesis, reflexionó sobre el “Desarrollo de la Conciencia Ética”, título de la conferencia de este martes 17 de marzo en las instalaciones del Colegio de Ingenieros Civiles de México (CICM).
“Detrás de cada obra existen decisiones técnicas, pero también decisiones humanas”, dijo Mauricio Jessurun Solomou, en su último mensaje en una sesión de “Diálogos con ingenieros” como presidente del XL Consejo Directivo del CICM. “Decisiones que influyen directamente en la seguridad de las personas, en la sostenibilidad de los recursos, en la calidad de vida de las comunidades y en el desarrollo de México. Por ello, el ejercicio de la ingeniería civil debe sustentarse en tres valores fundamentales que orientan nuestra práctica profesional: la excelencia técnica, la responsabilidad social y la ética profesional”, aseveró.
“La conciencia ética no se forma únicamente a partir de códigos de conducta o reglamentos. Se construye a través de la reflexión, del diálogo y de la capacidad de reconocer el impacto que nuestras decisiones tienen en los demás”, señaló Jessurun, por lo que “la ética no consiste solamente en conocer reglas, sino en formar personas capaces de deliberar, discernir y asumir responsablemente las consecuencias de sus actos. En otras palabras, desarrollar conciencia ética significa fortalecer nuestra capacidad de actuar con libertad, pero también con responsabilidad”.
A manera de introducción, Eduardo Garza Cuéllar explicó que, como seres humanos somos seres inacabados; somos un proyecto de nosotros mismos que, a través de las decisiones que vamos tomando, nos vamos construyendo. “La ética no es aquello que hacemos, sino el tipo de persona en la que nos convertimos cuando lo hacemos; nos convertimos con base en cómo actuamos”.
A partir de la obra “Los miserables” del escritor francés Víctor Hugo y el análisis del psicólogo estadounidense Lawrence Kohlberg, Eduardo Garza Cuéllar describió seis niveles de ética: un primer nivel, de premio y castigo, donde se deja a una autoridad el aval de las decisiones; un segundo, de costo-beneficio o de actuar a conveniencia, donde ya es la persona el agente moral que toma las decisiones; un tercero, de membresía, en la que se actúa con base a lo que determina el grupo al que se pertenece; un cuarto nivel, el de una ética de la norma, en la cual la persona se siente satisfecha de cumplir una norma genérica, y no la cuestiona, y considera que se aplica para uno y para todos.
En el quinto nivel, describió Garza Cuéllar, una autonomía ética, es decir, un momento en que la persona no depende de las leyes – porque se exige más de lo que éstas le exigen-, ni de la presión de grupo, ni de la conveniencia, ni de la presencia de la autoridad, “es la propia conciencia rectamente formada, en un ejercicio de discernimiento y de toma decisiones”.
Finalmente, un sexto nivel, una intuición de principios éticos universales, “es darse cuenta que uno no puede dañar sin dañarse, donde la persona entiende la miseria del oprimido y del opresor, porque miserable éticamente no es el de la mala fortuna, sino el que no atiende la invitación que la vida le hace para cambiar, para desarrollarse y evolucionar”.
Al comentar la conferencia, Sergio Alcocer, secretario del Consejo de Ética del CICM, planteó una reflexión de fondo: si la educación dignifica al ser humano, la ética profesional dignifica el ejercicio de cualquier disciplina. Subrayó que la verdadera ética no se limita al cumplimiento formal de formas, sino a una convicción interna que orienta decisiones incluso cuando lo conveniente sería evadirlas. En el caso de la ingeniería civil, advirtió que incumplir normas no es un asunto técnico, sino una falta que afecta directamente a la sociedad. “Exhorto a evolucionar hacia una ética que no dependa de la vigilancia, sino de la conciencia, donde el profesionista actúe correctamente no porque deba, sino porque sabe quién es y a quién se debe”, agregó Alcocer.
Por su parte, Reyes Juárez, vicepresidente de Planeación y Prospectiva del CICM, dijo que los ingenieros operan dentro de un ecosistema lleno de presiones —conflictos de interés, sobornos, colusión o fraude— donde la integridad deja de ser abstracta y se convierte en decisión concreta, por lo que la ética no basta como código; necesita sistemas vivos de cumplimiento y, sobre todo, una cultura organizacional que la respalde. En esa lógica, Reyes Juárez planteó que la responsabilidad del ingeniero no termina en el cálculo, sino que se extiende a todo el ciclo de vida de las obras y sus consecuencias sociales.
Finalmente, Fernando Gutiérrez Ochoa, presidente de la Junta de Honor del CICM, comentó que, más que centrarse en normas o sanciones, es importante el criterio personal y la congruencia entre lo que se sabe correcto y lo que efectivamente se hace en contextos reales, muchas veces marcados por presiones externas, por lo que la ética no se delega ni se automatiza: se ejerce en cada decisión por pequeña que parezca. Así, Gutiérrez Ochoa planteó que el verdadero desafío no es solo formar buenos técnicos, sino profesionistas capaces de sostener sus principios incluso cuando el entorno invite a lo contrario, consolidando una práctica basada en responsabilidad y coherencia.