LOS ANTECEDENTES

La herencia acumulada de las ciudades latinoamericanas en el siglo XXI, se implantó de manera gradual a través de casi cinco siglos. Se observan las virtudes y carencias de su conformación urbana así como las circunstancias operativas y sociales a las que está sujeta la ciudad y que impulsan estos mismos entes urbanos.

Basta con recordar la obsesión colonialista por establecer un orden “civilizado”, según la noción de Ángel Rama quien calificó los establecimientos en el continente americano como “el único sitio propicio para encarnar”. Sin embargo, al ocuparse territorios del continente fundando villas y ciudades, desde entonces,  estos asentamientos fueron lanzados hacia un futuro lleno de exploración y sometimiento y, raramente, parecieron evidenciar atrición por los desmantelamientos de culturas enteras asentadas ahí por cientos de años.

Bajo otro contexto, la convulsión del sobresaturado siglo XX, concentró los escenarios más variados y contrastantes de la vida urbana en la historia de la humanidad. Los intentos, logros y fracasos que acompañaron el progreso de estas ciudades hacia una paz duradera aún no han terminado de consolidarse debido a las diferencias sociales y económicas de sus habitantes. El Siglo XX vio nacer también un anhelo urbano insatisfecho que provoco una transformación constante de la identidad urbana, de su arquitectura, haciendo más evidente la desigualdad y la falta de equidad en el espacio construido. Las viviendas humillantes en la periferia son ejemplos indiscutibles del engañoso espejismo de progreso.

El enclave urbano se confirmó como el único escenario  de batalla por la supervivencia social y económica generando una gran migración del campo a la ciudad. Sin embargo, de la misma forma se acredito el nacimiento de un sentido reflexivo sobre las mismas ciudades, pleno de añoranza por un pasado glorioso que ha intentado infructuosamente el encuentro con un orden urbano integro e incluyente que revalide su cultura; una cultura renovada que de igual forma rescata valores arquitectónicos y urbanos como ejemplos de su propia historia o aporta nuevas fórmulas para guiar el desarrollo hacia un desarrollo futuro. Así es la óptica que vio nacer el siglo XXI.

La postura actual

La sugestiva tesis de Sandra Gallego Salvá, Del Urbanismo Salvaje a la Ciudad Sostenible intenta aproximarnos a la comprensión de ese fenómeno avasallador del siglo XX que estremeció las ciudades y su cultura agregando, a su vez, nuevos retos y problemáticas. La ciudad que devora, la que atrae, la que alberga el espacio-tiempo, parece intentar elaborar una conciencia urbana armónica y equilibrada, sin conseguirlo plenamente, ante un futuro incierto y un presente falto de equilibrio.

No obstante, existen cuestiones inaplazables tanto para las ciudades -grandes consumidores de recursos- como para el campo -semi olvidado en muchos países- y el planeta mismo. ¨La ciudad -dice el informe de la Fundación Ecología y Desarrollo- es un espacio de deberes y derechos, de responsabilidades y acciones que configuran un espacio político de participación real¨. Para que esto suceda, es indispensable un gobierno democrático y transparente que permita la participación activa de los ciudadanos en connivencia con su hábitat urbano y natural. Quizá, el ciudadano común no ha logrado comprender la historia velada que yace bajo la ciudad actual.

Hacia la ciudad sostenible

La ciudad sostenible se perfila como el enfoque que pudiera implantar un contexto más confiable y congruente con todos los aspectos que influyen en la calidad de vida urbana. Una imagen evolucionada de la propuesta colonial que manifiesta el ideal de la comunidad: el mito de ¨La continúa búsqueda del paraíso terrenal  de acuerdo con el filósofo urbanista Juan García-Page.

Aun cuando este concepto se ha utilizado generalmente desde el punto de vista ambiental y energético, es imprescindible añadir la obligatoriedad de la sostenibilidad social como plataforma sobre la cual se fincan los programas para una ciudad verdaderamente sostenible. ¨En estos momentos -señala Víctor Viñuales Director de la Fundación Ecología y Desarrollo- es la ciudadanía en su conjunto quien tiene que apostar por la sostenibilidad¨. Este último, es el factor de cambio que pudiera asegurar una verdadera transformación en la cultura urbana.

Una economía baja en carbono orientando el consumo hacia energías renovables es imprescindible. Las advertencias del cambio climático, la contaminación ambiental y la insuficiencia energética constituyen argumentos muy poderosos a considerar. Igualmente, la posibilidad de alcanzar un alto porcentaje  de usuarios en el transporte público disminuyendo así la movilidad excesiva y fomentando una densificación ordenada en los usos de espacios en las ciudades podría promover equilibrio en el tejido social urbano. Las regulaciones gubernamentales deben recomendar cláusulas orientadas al mejoramiento ambiental en todos los contratos de obra pública o privada y regular el consumo de agua por habitante así como, por supuesto, el reciclaje que permita la reutilización de materiales y productos. Sin embargo, la velocidad con la que estas dinámicas pueden ser posibles depende en mucho de la estructura social. Es en este punto donde el urbanismo participativo accede a las decisiones de la ciudad a través de la democracia y la transparencia de sus gobiernos e instituciones. Es el principio fundamental para la ciudad sostenible en el futuro.

  Los ejemplos más sobresalientes de sostenibilidad se han dado en países de Europa, Asia, África y Medio Oriente. Los últimos tres representan, quizá, la última frontera del planeta para instalar un nuevo ideal urbano. No obstante, existen temas cuestionables en algunos proyectos; las llamadas ¨Smart Cities¨ como el caso de la ciudad ecológica Masdar de Norman Foster para los Emiratos Árabes, intenta ser una urbe autoabastecida. Es un proyecto inteligente y ambicioso que, sin embargo, carece de una participación ciudadana indispensable para la sostenibilidad debido a la dictadura de su gobierno. No existe un respeto a los derechos humanos, a la diversidad o a la democracia. Otro proyecto de alta eficiencia en la administración energética, la Smart Grid de Singapur, utiliza un sistema de producción energética bidireccional. La red es alimentada con generadores ecológicos y parece resolver una buena parte del consumo permitiendo la participación individual sumándose al sistema desde pequeñas plantas generadoras y paneles solares introduciendo electricidad a la red.

El nuevo modelo latinoamericano

La ciudad latinoamericana se sabe con historia y trae consigo las culturas prehispánicas y la herencia colonial. Trazos milenarios de caminos que entrelazan sus fronteras entre montañas y ríos que trascienden a esta época como símbolos de la identidad más íntima de los países latinos.

No obstante, la vida política de estas ciudades conjuga una lucha social permanente por conseguir justicia y libertad en medio de la desigualdad y la falta de transparencia gubernamental. Esto mismo, se ve reflejado en el esbozo urbano de ciudades y poblados a lo largo del continente: Cascos históricos subutilizados que comienzan un proceso de revaloración y un despertar paulatino. Una especie de conversión hacia la actualidad del siglo XXI, la movilidad desbordada que lesiona los tiempo productivos y la calidad de vida, la contaminación que amenaza la salud de los habitantes y la falta de una planeación socio económica a la par de la urbano arquitectónica.

En la mayoría de los casos, el crecimiento de las ciudades latinoamericanas ha sido expansivo, hacía las periferias inmediatas, ensanchando la mancha urbana y demandando más servicios e infraestructura. La vivienda no planificada o pobremente planificada se ha convertido en una carga muy costosa para las ciudades dejando en abandono parcial los antiguos centros urbanos.

Un vistazo al futuro

La ciudad latinoamericana está intentando sumarse a la perspectiva que visualiza el ideal de una ciudad compacta y con mayor densidad. La verticalidad, como alternativa, permite encarar muchos de los efectos negativos que han lesionado la calidad de vida de los habitantes y, este, parece ser el camino que seguirán igualmente las ciudades latinoamericanas.

El diseño y reordenamiento de las zonas urbanas deberá considerar la salvaguarda de su cultura, elemento primordial en la apreciación de su ente urbano, así como de sus habitantes, protagonistas principales en estos escenarios compuestos. Por otra parte, se abre la oportunidad de actualizar la vida comunitaria a través de una arquitectura y urbanismo verticales que permitirán devolver a la ciudad una biodiversidad que se ha extraviado en el asfalto aprovechando más espacios públicos donde la calidad de vida se recupere sin perder la relación del hombre-espacio densificando verticalmente para conseguir más calidad en el espacio público.

La ciudad latinoamericana tiene la oportunidad de comprimir las diferencias sociales a través de un orden que acepte la diversidad y el manejo de diferencias entre los ciudadanos y sus espacios. Quizá, muchas de ellas se convertirán en megalópolis verticales con redes de comunicación y tecnología al alcance de cualquier ciudadano brindando finalmente una calidad de vida urbana equitativa y armónica con el medio ambiente y sus habitantes. La teoría de disminuir las distancias entre las clases sociales es un camino sólido para la ciudad sostenible del siglo XXI.